Pepet el Anacoreta

Bellísimas narraciones y opiniones de la vida de Pepet.

Saturday, April 29, 2006

De neuvo acompañado

Mi mundo de hace 3 tres meses atrás ha cambiado bastante hoy en dia en cuanto a mi vida personal. Lo académico sigue estando sin mayores cambios entre uno que otro curso y la tesis que me quita parte importante de mis neuronas a diario.
Pero en cuanto a mi vida personal las cosas estaban más tranquilas pero más solitarias. Atrás quedó Rosario y al fin dejó de llamarme su Pilar quien intentó en todo momento sorprender a su hermana haciéndole pasar un mal momento cuando nos viera juntos. Mi pequeña asturiana se encerró en sus libros y lo nuestro tras Oviedo nunca tuvo mucha más pasión ya que se sentía incómoda de haber sido la "otra" un tiempo y eso la dejó marcada. Mi salida a las fallas de Valencia a las cuales no me acompañó fue el gatillo para el fin de nuestra relación que tan bien había comenzado en Asturias. La valenciana que conocí tampoco fue más que una simpática amiga para la locura y el fuego mediterráneo de las fallas. Y mi "último recurso" la flaca del día que ganó Bachelet tiene una musiquita hindú en su celular mientras dice que se fue a Gondishapur hasta junio.
Así que me encontraba en un periodo reflexivo dedicado al estudio y a pasear mientras me buscaba una nueva pareja.
Tal vez he comentado antes que nunca me he encontrado más de un mes sin una mujer a mi lado desde que tengo 15 años y ya llevaba 2 semanas de soledad por lo que debí trazar un plan para no romper tan elegante record.
Pensé: "¿Quizás deba recordar a mi amigo griego Nikiforos con su frase de: "las feas son las más agradecidas"? pero antes que eso aproveché mi estadía en el país vasco para ver si en esos días y los venideros festivos gracias al 1º de mayo y la celebración del dia de la comunidad de Madrid el 2 lograba obtener algo.
Las becas en general me alcanzan muy bien para mí sólo, como para vivir holgadamente, pasear por Europa ir de vez en cuando a un buen hotel y a comer como un señor; pero tras dos semanas en Euskadi mis recursos se han mermado y si quería comprar ropa e iniciar una economía de conquista femenina iba a necesitar más para estos días.
Todo hombre sabe que después de los 25 años conquistar a una mujer significa no sólo hacer la parte "bonita" del trabajo sino que también significa que uno debe sorprender, agradar y demostrar cierta estabilidad que incluye invitaciones a lugares que a los 15 uno no consideraba. Esto me hizo tener que recurrir a mis padres para que me enviaran un pequeño suplemento de beca como lo llama mi madre. Se quedó feliz de saber que aún puedo depender económicamente de ella pues todas las madres se sienten regocijadas en el control a cualquier escala. Y yo como lo sé, aprovecho cada tanto de recibir la posibilidad económica de darme algunos lujos.
Fue una suerte mi encuentro con la francesa en el Guggenheim ya que fue de esas cosas como gsutarnos (no hablaré de amor) a primera vista y ese chispazo me devolvió el alma al cuerpo y me permitió seguir escribiendo y haciendo mi tesis toda la noche siguiente.
El mail funcionó de inmediato y me respondió al otro día de conocernos. Todavía estaba en España pero en Donostia (San Sebastián) cuando contestó. Así que a la mañana siguiente recorrí la hora de camino que separan ambas ciudades y a las 11 ya estaba en un café frente a la playa de la concha esperando a Marianne. Caminamos por la playa y disfrutamos de un día bellísimo riéndonos y disfrutando de conocernos sin prisas. Me contó que se quedaría un día más en Donostia y después debía volver a Bayonne para descansar un día y luego volver a su trabajo de pediatra en la ciudad. Pensé que una mujer que cuidaba niños me vendría fantástico pues nunca he conocido una pediatra que no fuese encantadora.
Recorrimos el casco antiguo y comimos esos pintxos que caracterizan a San Sebastián y que han llegado a un refinamiento notable. La tarde se nos pasó entre conocer la basílica de Santa María, mirar cada uno de sus gestos, disfrutar de los cubos de Moneo, mirar sus manos que avalan su español afrancesado y subir a los montes Igueldo y Urgull donde la abracé por mi primera vez.
Tuve que insistir mucho apelando a mi tradicionalismo latino para que pudiera aceptar que la invitara a cenar y agradecí a mamá sus generosos euros a la hora de pagar la inolvidable cena que tuvimos en Arzak.
Volví a Bilbao sin obtener más muestras de interés que la aceptación que tomara su mano y quedé de pasarla a buscar para ir a Hodarribia al día siguiente a conocer la costa vasca.
Sobre la carretera de Jaizkibel frente a un pequeño monumento que decía Agur María besé a Marianne por primera vez y ella fue dulce y sensual en aquel punto que nos permitía ver desde Donostia a la costa de su país en Hendaya. Me dijo que no dejara de usar mi boina vasca que a ella le encantaba y que se había reído mucho conmigo disfrutando esa tarde.
Nos preguntamos que íbamos a hacer en el futuro y decidimos que las cosas se dieran según las posibilidades y deseos que tuviéramos.
Hoy me voy a Bayonne y conoceré su ciudad pagando a cambio la desconexión de mi tesis y un ritmo de gastos que me hace depender un poco de la felicidad de mamá.
Son costos que hay que pagar por no estar más de un mes solo y por conocer a alguien que tal vez me haga feliz.

Wednesday, April 26, 2006

Coqueteando con las curvas.

La audioguía era gratis con la entrada y me introdujo, con las imágenes de Frank Gehry jugando cuando niño con una carpa en la tina de la casa de sus abuelos, al mundo sinuoso y brillante de las escamas del Guggenheim. Aquellas que se mezclaban con la idea del arquitecto observando al cambiante pez antes de comerlo.
Tal y como refería la amable voz, de tenue acento español las curvas, que se elevaban limpias y sin impedimentos, trascendían a sexo, raza, cultura y situación social en su capacidad de fascinar a aquellos que tocaban la roca y el titanio que recubre al soberbio edificio. El cristal que complementa la obra permitía el paso de la luz pero no del calor haciendo que caminar en mangas de camisa fuera un agrado, independientemente que aquel día el sol quemaba por primera vez en varios meses a Bilbao.
La exposición "¡RUSIA!" había atraído a una cantidad enorme de turistas que hacían filas largas para entrar al museo que reflejaba el azul de la ría sobre sus paredes y "Puppy" el perro-escultura floral de la entrada se colmaba de gente a su lado inmortalizándose con cámaras digitales.
Yo estaba esperando entrar cuando pude ver una sonrisa generosa y una cabellera de color negro que se movía feliz en torno a "Puppy", piel blanca y ojos de un color café oscuro al acercarme a tomar una foto innecesaria a la escultura. Miraba al edificio que deleitaba a todos aquellos que estábamos intentando visitarlo y las escamas de titanio de volvieron celestes como el cielo, que reflejaba, cuando las nubes se retiraron por completo.
Entré y acompañado de mi audioguía comencé mi amistad con las paredes y su continuidad.
La exposición resultó ser un gozo para los sentidos: Iconos medievales y renacentistas, deísis, estilitas y santos en cirílico, ropas de patriarcas y el sedoso letargo de ver el milagro de la dormición que venía viajando desde el siglo XV. Un trozo de la Ilustración capturado por Pedro el Grande, suprimiendo barbas y kaftanes por retratos y pintores holandeses. Catalina también Grande me miraba desde su escultura y rompía con belleza la dura frialdad de Moscú y San Petesburgo.
El viaje continuó comprometido con política, soviets, Lenin, cuadros desproporcionados y granjas colectivas con campesinos demasiado felices. Por entre un Bolshoi rojo y un bolchevique que imponía su pequeña figura volví a ver su sonrisa y esta vez nos quedamos mirando mutuamente un segundo, lo cual la puso rubicunda como la estrella de una medalla de Stalin.
Paseamos muy cerca uno del otro con miradas de complicidad. Volvimos hacia los boteros del Volga y sufrimos un instante con el personaje que desea liberarse de su yugo. Las críticas y las instalaciones de finales de los 80 auspiciaron que pudiera sentir su aroma de azahar y ver sus manos femeninas que instintivamente tocaron una escultura de bronce.
La vi respirar y mover su ropa de color celeste con un inspirador suspiro, gesto que la hacía aun más interesante a mis ojos.
Cuando se me perdió en la sala del siglo XX me sentí apenado y una instalación que mostraba electroshocks y paredes tapizadas de fotos de inspiración comunista no fue el mejor estímulo para consolarme. Sólo la comida de Martín Berasategui y una copa de Txaxolí fresco y primaveral me hicieron sentir algo mejor .
La reencontré para mi tranquilidad frente a una instalación llamada el hombre que se fue volando, donde un supuesto personaje que vivía en un departamento logró escapar volando con un artilugio de elásticos dejando sólo sus zapatos y el escenario acordonado por la policía. Le pregunté que si le gustaba y me respondió en un español afrancesado que le encantaba. Supe que era de Bayonne y que la cercanía con la frontera le había posibilitado aprender español. Nos perdimos por dentro de una escultura de Serra y nos reímos de llegar a un espiral sin salida mientras yo practicaba mi precario francés.
Al partir le pareció graciosa la boina que me compré para jugar a parecer vasco, una txapela enorme de esas que venden en Bilbao. Me dejó un mail terminado en ".fr" y me alejé mirando feliz el tono rojizo del atardecer en Vizcaya, reflejado por la imponente estructura del Guggenheim.

Sunday, April 23, 2006

La arquitectura puede curar.


Ser un hidalgo y estar enfermo de la crisma es una doble tristeza, porque la locura es bien asumida por los villanos y la servidumbre, pero aunque uno sea de lo más bajo en nobleza se lleva mal esto de escuchar voces cuando la melancolía llega a los más extremos niveles. Y por otra parte no caer en la herejía o la posible acción del demonio, tan dado a aparecer desde que el buen rey don Felipe IV ha dejado de combatir a los herejes con la misma y temible ira santa de su abuelo.
Lo mío ha sido y será la música. Estudié con Joan Cabanilles en Valencia y sé componer como el más apto pese a no haber nacido en el Mediterráneo ni haber estudiado en Salamanca. Pero mi noble cuna de Lerma, me ha dado la opción de ser respetado en muchos lugares, eso sin contar que soy cristiano viejo y bien criado.
Sin embargo la melancolía invadió mi alma tras dejar la ciudad de San Vicente Ferrer y comencé a sentir deseo de no levantarme y ganas de llorar para vergüenza de mi virilidad. Sensibilidad de artista decía mi esposa, pero nada tiene que ver la sensibilidad con eso de tener visiones de música e instrumentos que no existen. Cantos angelicales de música nueva y diferente a la de los italianos.
Estuve en varios sanatorios de cierto renombre, pero la falta de luz de las plantas monolíticas en cruz de aquellos edificios ojivales me hacían sentir preso y aún más triste.
A menudo me despertaba a mitad de la noche e intentaba cantar en voz baja para recordar mi voz, la cual decían que era mucho más bella de lo que yo alcanzaba a escuchar. Pensaba en la muerte y sentía temores frente al futuro, pues ni las oraciones calmaban mi alma.
Pero cuando la desesperación de mi espíritu y el consumo de nuestros bienes provocaban la desolación de mi familia tuve la suerte de encontrar la luz de esperanza que necesitaba.
Mi origen castellano me permitió conversar con algunos clérigos toledanos que influyeron para que optara a pasar una temporada en el Hospital de San Juan de Dios construído por el cardenal Tavera. Con algo de suerte atrás quedarían las noches en celdas pequeñas y habitaciones oscuras.
Ingresé al Hospital de Tavera en la primavera de 1664 y me impactó encontrar un hospital con un patio enorme lleno de luz, el sol pasaba por sus columnas y una decoración austera y perfecta. Según se dice, Bartolomé Bustamente, el arquitecto fue discípulo de Miguel Angel.
Al poco llegar cesaron las voces y mi ánimo mejoró sustancialmente. La misa diaria me hacía mejor que nunca y debo reconocer que ver los cuadros del Greco y el sepulcro del cardenal hecho por el magistral Berruguete hacían más que los credos y padrenuestros.
Los médicos hacían gala de sus capacidades cuando comenzábamos a mejorar, pero no sabían que la luz del edificio hacía la mayor parte del tratamiento.
Una tarde que vino el Duque de Lerma a visitar el edificio me invitaron, por ser natal de su ciudad, a la cripta de la familia. Me contaron que en centro de la cripta se hallaba un punto donde el arquitecto creo un maravillosos espacio donde puedes escuchar tu voz.
Canté y por primera vez supe lo bella que podía ser mi voz en madrigales y canciones antiguas, esa tarde supe que estaba curado.
Agradecí a los médicos y a Dios por mi sanación. Al salir de Toledo buscando la luz del Levante nuevamente me despedí del verdadero gestor de mi curación, miré por última vez el patio espacioso y colmado de sol, las columnas dóricas y jónicas y dije adiós al edificio del Hospital Tavera.

Friday, April 21, 2006

Necesidad.



Saber que la inmortalidad no era alcanzable ocurrió en una tarde de Agosto con un calor insoportable. Fue en una Iglesia en España, para ser exacto, San Martín de Frómista cerca de Palencia. Tenía 5 años y escuché decir al cura algo que no he olvidado nunca, al igual que la mirada de mi madre ese día, una mirada de ojos perdidos y cierta tristeza que no volví a ver sino hasta el día de mi matrimonio y luego el día de su partida de este mundo.
Ese día supe que todos moriríamos y que el más allá no sería igual a esta vida que yo apenas conocía pero amaba. Porque amaba a mis padres y abuelos, a mi perro y a mi cuerpo mortal. A cambio el cura me regaló la idea de un alma inmortal y un paraíso que a ningún niño u hombre con dos dedos de frente y algo de testosterona le puede interesar.
Vagué por grupos que intentaban dar respuestas con supuestos iniciados que vendían libros y firmaban autógrafos. También me adentré en sociedades secretas que en rituales intentaban reproducir y acceder a las puertas del cielo; algo así como un partido de juego de pelota de los mayas, dispuestos a morir por mantener el equilibrio del universo. A tientas llegaba a mi trabajo tras horas de estudio para poder acceder a un trozo de inmortalidad. Soñaba con el judío errante, con congelados en el tiempo, con grimorios y pactos. Soñaba que de ser Fausto no hubiera pedido la ridícula baratija de años de juventud sino unos 20 o 30 millones de años para que valiera la pena perder el alma algún día.
Con mis amigos jugábamos a arreglar el mundo frente a una mesa con té Margaret's Hope el cual bebíamos disfrutando la delicadeza de un first flush. Un amigo me preguntaba que pensaba hacer para buscar la inmortalidad si ya tenía una familia, una buena posición social y por sobretodo poder en aquella sociedad política que ordenaba el Estado.
La pregunta que más me gustó de Vicent fue aquella de qué cambiaría de la historia: Sin dudar le dije que hubiese impedido la caída de Constantinopla en 1453. Y no es que tuviera nada en contra de los otomanos pero me es muy insoportable saber que Santa Sofía, la Santa Sabiduría fuera modificada en su esencia.
Con el tiempo me transformé en un desencantado del mundo y ya ni religiones ni esoterismos me hacían sentir feliz en especial tras la muerte de Vicent al cual un linfoma lo hizo despedirse de plantar cedros en su finca.

El trabajo me llevó un día a Estambul, mi añorada y desaparecida Constantinopla. La ciudad me maravilló y entre mezquitas, el Cuerno de Oro, el Gran Bazar y el Bósforo conocí un mundo nuevo y una nueva esperanza. Desde el café Pierre Loti pude relajarme por primera vez en muchos años mientras miraba el cementerio y escuchaba la llamada a la oración del mediodía.
El viaje siempre ha sido motivo de fascinación más allá de los lugares; porque el viaje en última instancia es interior y no sólo físico.
Una tarde en el Gran Bazar cuando ya se aburrieron de ofrecerme cosas me senté un minuto y pude observar un grupo de gente al cual me acerqué atraído por la concentración de sus caras. Logré saber que se trataban de un turco y un griego que se jugaban en un partido de ajedrez la tienda de cada uno. Ambos con risa en la cara, ambos con ese juguete en las manos tan típico de esta zona, para el griego un komboloi y para el turco un tespih, los que se movían rápidamente por sus manos. Cuando pregunté el porqué de la falta de seriedad de ambos la respuesta fue sólo una sonrisa mientras me decían que esto era realmente serio y que los dos cambiarían para siempre su vida, uno se jubilaría y otro se haría rico.
Me fui sin entender y al entrar a Hagya Sofía la mujer de la venta de entradas me dijo en un perfecto español:"que aproveche y disfrute su día". Me quedé perplejo por unos instantes y vi su nombre en una pequeña plaquita, "Siduri". Me fui meditando por todo mi recorrido de la antigua catedral bizantina y pude entender que la inmortalidad quizás no era para mí y que debía disfrutar de mis hijos y mi mujer, de mis bienes y mi mundo. La deísis de mosaico me mostraba a un Cristo que saltaba los siglos y la memoria, casi riendo en medio de la severidad de la escena.
Esa tarde salí rumbo a la estación del expreso de Oriente, ya no estaba Siduri y nos habían preparado un espectáculo para turistas con derviches danzantes.
Lo que se inició como un momento de obligación por cortesía y algo más de espectáculo que ritual pasó a ser un instante de entendimiento de las palabras de Siduri. Con la música, los movimientos y giros constantes pude ver que la inmortalidad no existe porque es innecesaria, porque simplemente es para los dioses y no para los hombres y entonces sentí la paz y giré en mi mente con los derviches, una mano recibiendo desde el cielo y otra entregando a la tierra. Al salir Siduri me dio una sonrisa mientras yo caminaba rumbo a la torre Galata. Fue como volver a Frómista y reírme del cura y la mirada de mi madre. Caminé por Istikal hacia arriba para no volver nunca más a buscar la inmortalidad.

Monday, April 10, 2006

Bajó a los infiernos


La primera vez que la vi tenía 14 años y había sido adoptada hacía 8 por una familia vasca que se sentía sensibilizada por las matanzas de niñas en África. Ciertamente significaba cambiarle la vida a una huérfana de 6 años, traerla desde un lugar donde su vida corría peligro a diario a posicionarla en medio de la élite de la sociedad vizcaína de ricos empresarios e industriales.
Yo entonces tenía 19 y no me fijaba en niñitas chicas por muy llamativo que fuera su color. Era mi primer año de universidad en Chile y el premio a mi rendimiento fue el viaje a España y Portugal aprovechando de ver a los abuelos en Bilbao. Se comía de maravillas y la abuela Maritxu preparaba las mejores lubinas a la vizcaína que jamás hube de probar.

En su tierra le habían puesto Sophie delante de un apellido impronunciable fuera de sus fronteras y simplemente para nosotros era Sofía, una primita más que contrastaba su color de piel oscuro, cabellos hiperrizados y ojos vivos con su acento español y una que otra palabra en euskera. Destacaba por su religiosidad que seguramente era el resabio de las monjas que la salvaron junto a 11 niñas más y la veía a menudo con su rosario fervorosamente pidiendo a Dios por múltiples causas y deseos, decía con una cara que asustaba a los niños que era como Santa Úrsula y las 11.000 vírgenes viajando para salvarse.
Me escribió un par de veces a mi mail con una timidez extrema y una despedida siempre enmarcada en parabienes y "Dios te bendiga". Decía que le había llamado la atención que los chilenos terminábamos las frases con palabras en diminutivo y que éramos tan amables con las mujeres. Creo que una vez le abrí la puerta del auto y otra le ofrecí mi mano para que bajara un peldaño alto, pero nada más.

Al volver a Bilbao no fueron las avezadas curvas de las paredes del Guggenheim lo que más me impactó, sino la belleza de Sofía quien con 20 años y una mirada penetrante me abrazó haciéndome sentir la delicadeza de su espigada figura. Mi mano viajó instintivamente a su cintura y la firme esbeltez de ese cuerpo de color me hizo sentir por un segundo fascinado como un idiota frente a sus formas.
El plan de la familia era viajar juntos a Sevilla para vivir la Semana Santa andaluza y conocer algo más de las tradiciones de estos días. A esas alturas ya había envejecido en esto de mi tolerancia a niños y familiares de voz fuerte por lo cual me alquilé una habitación en el hotel Macarena frente a las murallas y la basílica de la virgen de los gitanos.
Al llegar a Sevilla recorrí las calles del barrio de la Macarena y me junté con mis primas para visitar la catedral. Con Sofía conversamos largamente recorriendo la Giralda en aquellas plataformas que nos llevaban al cielo. Me contó que estudiaba música y que esperaba algún día ser una buena intreprete de viola da gamba. Mientras la miraba caminar grácilmente por las subidas que yo jadeaba, no podía dejar de imaginarme a mí mismo entre sus piernas largas como si fuera aquel instrumento acariciado por el arco de sus brazos oscuros.
Probablemente la única cosa que me incomodaba era verla tan abrazada a la fe como si fuera casi una religosa que inspiraba una suerte de respeto y asepsia en su trato diario. A momentos me parecía difícil intentar pensar en ella como mujer porque la veía rodeada de una aura de paz y alejamiento virginal de los hombres. Según supe nunca había tenido un novio y las demás comentaban que nunca hablaba de hombres pese a tener varios personajes que la rondaban. Me contaron que la familia pensaba que Sofía se haría monja o algo así, que deseaba retribuír la vida que Dios le había dado haciéndose misionera y partiendo a ayudar al mundo lejos de la comodidad de Bilbao.
El jueves Santo pasó y la procesión de cientos de cófrades en la madrugada del viernes se me hacía eterna teniéndola separada de mí por dos sillas y mil pensamientos. Vestida como una española antigua con mantilla y un escote cerrado por encaje, la dualidad de su aspecto y el deseo que me inspiraba crecían a cada momento.
La noche del viernes no aguanté más y la invité a conversar a mi habitación. Los viejos cansados por las horas de pie viendo pasar los tronos se durmieron pensando que nosotros fervorosamente seguíamos a Cristos y dolorosas. Esa noche iba a intentar sacarme de encima la sensación irrefrenable de abordarla pese a la reprobación que recibiría por parte de la familia y quizás de ella si era verdad lo de sus deseos de tomar algún voto.
Hablamos de las tradiciones y de nuestros planes a futuro. Hablamos de cosas tontas como los accidentes infantiles. Ella me relató lo de las marcas en su espalda por cruzar una alambrada y yo le hablé de mi cicatriz en el costado cuando me accidenté en una moto a los 13 años, esto pareció agradarle.
Su escote oscuro me invitaba a perderme en él y una virgen dorada sobre cristal de roca molestaba a mis ojos interponiéndose en el camino a su pecho; bajo una falda muy decorosa podía adivinar esas piernas de seda negra que hacían eternas en mi imaginación.
Cuando mi cercanía se hizo evidente me contó algo extraño que ocurría en su tierra natal cada Viernes Santo. Tomando mi mano me relató que el día que Cristo muere y el mundo se queda sin Dios, entonces los hombres no están sujetos a las normas habituales de la Iglesia. Ese día se pueden soslayar las virtudes y el pecado queda sin juez hasta que Él vuelva resucitado. Que ese día aquel hombre que baje a los infiernos del pecado no recibirá castigo.
Dirigió mi mano bajo su falda y no pude dejar de sentirme como un simple cazador atrapado por la supuesta presa. La suavidad de su piel y el calor de sus caderas invadieron mi cuerpo y con cierta torpeza recorrí encajes y texturas que se entregaban dóciles a la ausencia de pecado. Su imagen con la lámpara de la habitación a su espalda era similar a la de esas vírgenes negras como la Moreneta de Montserrat o las vírgenes de Provenza.
Encontré sus labios que me envolvieron con la mayor pasión que conociera y su belleza de ébano se reveló en plenitud mientras la sensación de satin y terciopelo se mezclaba con la piel de su pecho desafiante a sacramentos e imágenes. El brillo de aquellas delicadas joyas que llevaba con pudor se multiplicaba sobre la ausencia de luz de sus brazos y las piernas se volvieron tan eternas como en mi imaginación al pasar sobre mi espalda. La besé como nunca hice con una mujer porque no deseaba perderme nada de ese cuerpo místico. Pude encontrar sus cicatrices y saber que había sufrido en cuerpo y alma las miserias de la guerra.
Su boca se movía sobre mí, reconociendo formas y al llegar a mi costado se detuvo con expresión de fascinación mientras mordía mi cicatriz hasta el punto de hacer brotar una gota de sangre que bebió en medio del éxtasis y que a mí no hizo sino incitarme a poseer la largueza de su anatomía.
Tras esto se tendió y la observé con una sonrisa inocente y una rubicunda expresión que invitaba a estar unidos. Un leve sonido al tomarla y el resto fue sólo un aumento sostenido del placer. Era un instrumento entre sus muslos suaves y nocturnos que ella disfrutaba de intrepretar. La noche se hizo breve y al levantarme la pude ver dormida por unos instantes, resaltada por las sábanas blancas, plácida y llena de gracia.
Durante el día nos comportamos como santos varón y mujer y escoltados por cien costaleros cruzamos con la familia hacia la Esperanza de Triana que conmocionaba a todos con su aparición.
La siguiente noche también fue nuestra y comencé a tocarla sin pudor frente a cientos de penitentes que se agolpaban frente a la Macarena. Mi mano le hizo saber donde deseaba llegar mientras un encapuchado nos observaba incrédulo con su capirote púrpura y se escuchaba la frase de "Hasta el cielo". Desde mi habitación y mirando las murallas de la antigua Sevilla una vez más aprovechamos la ausencia de Cristo.
Tras la misa de Resurrección todo volvió a la normalidad y ella al recato. Su ultima frase antes de volver con la familia fue hacerme saber que yo era el primer hombre de su vida y que me escribiría pronto cuando yo volviera a Chile.
Sus siguientes palabras no fueron sino hasta un par de años más tarde en una carta que venía de Sudán donde misionaba.
Cuando miro mi costado y recuerdo ese dulce dolor, deseo que Cristo baje a los infiernos de nuevo y que ella vuelva algún día de Viernes Santo.

Sunday, April 09, 2006

esperanzas.

Vuelvo a la vida tras unos días dedicados a la tesis y a una que otra diversión y viaje.
Las fallas de Valencia ya quedan muy atrás y mi amiga valenciana pasa por esa etapa en la cual uno ronda a las mujeres y ellas se dejan querer.
Se viene la Semana Santa y las procesiones de nazarenos y cófrades. Las vírgenes que siempre me han gustado reaparecen por las calles y se vierten las saetas cantadas por el pueblo.
Mi asturiana cada día más aburrida entre dudas y estudios.
Espero que esta semana que es corta en España, ya que se celebra desde el jueves Santo, me traiga fuerzas renovadas.