La extranjera
Es verdad que la inspiración a veces falta así que aquí va un cuento extractado de una realidad que hace poco supe de primera mano. (y que me regaló un momento de placer enorme a decir verdad)Me llevó a cuestionarme que es realmente ser infiel y me tranquilizó en sus conclusiones.
Ella me miró fijamente y comenzó su discurso. Logró seducirme con sus ojos claros y grandes y pude contar sus pecas por primera vez en la vida:
"¿Qué es la infidelidad? Una traición al amor talvez. Pero de ser así es condición previa y necesaria que haya habido amor por tanto en mi caso ciertamente me eximo de ser considerada la mujer infiel que toma el papel de mala del cuento.
Cuando conocí a Alberto me pareció un tipo interesante para sus años, pues en el fondo aunque haya tenido una aventura con él no deja de tener los suficientes como para ser mi padre. Hablaba mucho y se reía de manera llana, lo cual para mi alicaída condición era un pequeño y dulce jarabe que calmaba las heridas que dejó mi ex al abandonarme con mi hijo.
El viejo era un buen hombre y me pareció ideal por sus contactos con mucha gente del mundillo de la farándula de medio pelo y pseudointelectuales de moda. Para mí significó un perfecto trampolín para que una mujer dedicada a la pintura y que jamás había vendido algo en más de $30.000, pudiera hacerse parcialmente famosa y así subsistir.
Obviamente nunca lo quise, a lo más me encariñé con él y su gusto por los perros y peces de colores. Me enternecía también su afán por verse joven, situación que se incrementó al momento de estar juntos y cuando empezó con el asunto de los celos. Usaba productos de belleza y peinaba cuidadosamente los pocos pelos que le quedaban, dejando un poco más largos de lo socialmente correcto aquello que aun poblaba su cráneo. Su aspecto no era malo y seguramente era mejor que el de muchos de su edad pero al fin y al cabo me doblaba en edad y eso se siente poderosamente cuando recuperas la autoestima femenina y comienzas a atraer miradas nuevamente. El viejo Alberto como lo llamaba mi hijo me tendió una mano y yo la cogí, sabiendo el precio de aquello.
Al principio fue sólo ir a cenar con él y pasearme como un trofeo. Ahí se pavoneaba de poder poseer una "novia" joven y llena de vida a la cual era capaz de mantener y hacer regalos caros.
Para mí el mejor regalo fue la posibilidad de conocer gente que me abrió puertas a galerías y medios masivos.
También debí conocer a gente de superficialidad absoluta y de pronto vi que la fachada de reflexivo y emocional que tenía Alberto se caía a pedazos cuando otro hombre me miraba y los golfos de sus hijos de uno de esos matrimonios frustrados, me desnudaban con la mirada apenas aparecía yo por su casa.
Nuestra primera vez en la cama fue para celebrar mi exposición en Alonso de Córdova. Fue todo un éxito y vendí 8 cuadros dejando varios más bien encaminados y un par de encargos a futuro. Alberto dijo que nunca vió vender tan caras unas líneas horizontales sobre un lienzo.
En público alababa mi arte pero en privado me hacía sentir que dependía de él y que nada volvería a ser igual si lo dejaba.
Me sentía como una "extranjera" porque vivía en una tierra extraña sin reglas claras, era como aquella vez en la fila de extranjería en Francia cuando me miraban raro por mi acento tan "sauvage". Era eso de tener un buen nivel de vida como en París; pero dependiendo de mi exotismo y mi juventud. Era una extranjera en mi propio departamento que el buscó para mí en el barrio el Golf.
El juego de "nadie te amará como yo" pareció real al principio, pero en la medida que sanaban mis heridas el mundo se comenzaba a inclinar frente a mis encantos y obras.
No puedo negar que su experiencia me sirvió muchísimo y me hizo recuperar la fe en mí misma pero todo cambiaba en la intimidad donde debí fingir tantas veces.
Ciertamente que un hombre de su edad puede tener una mayor tranquilidad a la hora del amor y sabe más de preámbulos, pero en la capacidad y deseo se nota la diferencia con la pasión que no sobrepasa los 30.
Alberto pronto intentó ligarme a espacios que el dominaba y me exponía a gente que me repetía una y otra vez lo que el hacía por mí. Entonces apareció Rodrigo.
Un tipo inteligente y bello. Lleno de vida y deseo y que supo mostrarme que es lo que yo verdaderamente necesitaba: juventud tan palpable como la mía.
Por eso al evaluar en que estaba mi vida descubrí que no amaba a Alberto y por tanto que no existía infidelidad.
Yo le estaba agradecida, pero al mismo tiempo su inseguridad dada por los años me hizo pagar un precio alto de presiones y celos constantes; así que al fin sentí una pequeña cuota de venganza y liberación."
Al terminar de contar sus pecas me propuso que saliéramos juntos; yo sabía que ya no tenía problema en seguir engañando al viejo y que de seguro a su hijo le gustaría más jugar Play station conmigo que escuchar las historias de los 70 de Alberto.
Como todo hombre joven que sabe que es lo que desea la miré de arriba a abajo y le ofrecí ir a mi departamento. Ella dejaba de ser extranjera y seguía sin ser infiel.






