La falta de inteligencia.

La falta de inteligencia es un dolor doble
que hiere al que soporta y especialmente al que ama.
En parte conjura todos los demonios
y a la vez destruye los vínculos y la paciencia.
La actitud piadosa del que mira con pena
se funde al esfuerzo del tonto,
como si de un abrazo de Gulliver y Liliput se tratara,
articulando una relación funesta de miel y piedras
de ideales y tardes enteras de gimnasio.
Cuando recordé como me miró desde su mesita gris
volvieron a mí los temores de la vergüenza,
del comentario inconveniente
y de la carga en un tren que descarrila
rumbo al exito y a la academia.
Tal vez mi falta de capacidad para asuntos prácticos
le hizo pensar que se compensarían los bemoles
sin idear siquiera que en esa opereta
sobraban los sostenidos y las fiorituras.
Los ojos de los tontos tienen un brillo exagerado
y pasan por el mundo con la felicidad
de quien no conoce la diferencia
entre el Leteo y el Mnemosine.
Sus manos a menudo toscas y poco elegantes
tocan sin entender a cabalidad
y guardan respeto por dioses y supersticiones.
Dan bofetadas al sentirse agredidos
por la ironía o un comentario lancinante.
Con la molestia de confrontar sus falencias
se van ofendidos y orgullosos,
como ella en un banquito de plaza,
roja de ira y supuesta grandeza
contrariada por su cerebro blanquecino y pequeño.
Levemente incómoda
al decubrir que una vez más estaba equivocada,
que nuevamente olvidaba un concepto
o que simplemente no estableció la relación
que la mayoría percibe diáfana.
Los tontos son tímidos en su habitación y en la iglesia
y descarados en el comedor y los salones,
tiñen de color sus vidas
para soportar un poco la falta de luz.
Su boca rápida en el reclamo
se tropieza en la pregunta profunda
se muerde a sí misma en la búsqueda de ideas
y se desenfrena en un último beso.
Cree que hiere porque se cree amada
pero al fin el amor no alcanza
y la veo cerrarse en un adiós
que da paso al fin de la obra.
Son los recuerdos de los tontos
los que nos hacen piadosos
pero a veces nos enseñan
a temerle al mundo
poderosamente al paso del tiempo,
pero sobre todo
a la llegada de más tontos.





