El sueño de Maimónides

Rabí Mosheh Ben Maimon tiene 23 años
y ya ha sido dotado por Dios de la sabiduría de los viejos.
La tradición vive en sus venas
y en rollos de palabras sagradas
puede tener la visión del pasado, presente y futuro;
la pequeñez y la grandeza del hombre,
tal y como los inciensos dejaban entrever en la magnificencia del Templo.
Su vida es el crisol de la plata y la tinta
y en sus manos las teorías se vuelven medicinas
que calman la angustia de tantos que estábamos casi vivos.
Pasea por calles blancas y observa con tranquilidad
como se suceden las civilizaciones en la sin par Córdoba,
la ciudad sagrada del califato de los Omeyas.
Abderramán rompió los lazos con Damasco
y erigió arcos sobre arcos para hacer comprender al mundo
que una Bizancio se puede encontrar al otro extremo del Mediterráneo.
A veces el orgullo puede dar frutos tan bellos
que compiten con los de la piedad.
Ese es centro vital de la Mezquita y su bosque de columnas y herraduras;
el deseo que produce la soberbia
la vanidad que en proporción excelsa crea el Mihrab
donde el monarca se encuentra con el creador,
donde puedes perderte en un techo dorado
y en el microcosmos de la epigrafía de Dios.
Así llegas a comprender lo efímero de las piedras y los hombres
mirando murallas romanas, desechos visigodos
y lo que el tiempo y las guerras han dejado de Madinat Al Zahara.
Lo llaman Maimónides y no sólo es autoridad en la ley y la filosofía
sino que cura a los hombres salvando almas y cuerpos.
Un día la Iglesia de Roma prohibió a sus antepasados
extraer la riqueza de la tierra, sus plantas y metales,
por cuanto ellos crearon la verdadera riqueza,
la de hombres sabios y mercaderes sagaces.
Ahora los fieles de esa misma Iglesia acuden a los suyos
en busca de la sanación de bolsillos, mentes y llagas.
Frente a la sinagoga muchos buscan sus palabras
que al caer alivian, al menos en parte,
esa falta de Dios que muchos tenemos.
Cuando tratas de sanar el vacío,
sólo las palabras conjuran tus demonios
y no hay medicinas doradas
capaces de sanar las ausencias.
A los 23 años Maimónides debe huír de su ciudad natal.
Los almohades han sucedido por la fuerza a los magníficos Omeyas
y exigen que la diversidad de dioses y formas de alabanza cesen.
Ya no habrá espacios para Hanuká
y sus luces se apagarán en Córdoba
dejando a oscuras a estos hombres en su mezquita excelsa.
Mosheh ibn Maimón vive con los lujos
que sólo el médico personal de Saladino puede tener en El Cairo;
el nuevo señor del Islam eclipsa a los cristianos y sus cruzadas
pero eleva la razón y la cultura de este hijo de Sión.
El mismo que sufre la distancia de la Hispania de Séneca y Lucano.
Ciertamente que cuatro o cuarenta prohibiciones
se pueden respetar en cualquier parte;
pero él quisiera que el Shabbat fuese en su ciudad generosa
porque el dolor de estar lejos de tu tierra
es una coraza que te oprime el pecho;
y tú deseas volver a los olivos y al aceite abundante
a colores suaves: Marfil, verde califal y rojo de herrumbre en los arcos.
Maimónides envejece respetado por todos
colmado de dones terrenos y divinos.
Ya no tiene 23 años ni tampoco está en su lugar de origen.
Cuando conquistas éxitos en tierras lejanas
sientes que cada logro
traiciona tu suelo y tu estirpe.
Sabes que nada será para tus raíces
y que tu campo se hará estéril.
Maimónides nunca regresa a Al Andalus
sus restos moran bajo seis puntas en el lago Tiberiades.
Pero dia tras día su sueño viaja por aquella estrella
y así lo puedes encontrar en la calle de los judíos;
sentado con señorial tranquilidad
con un libro, que nadie conoce, en la mano.
Preparado como siempre a responder tus preguntas
o sanar tus males
que por algo es médico y rabino.
Pero por sobre todo gozando intensamente
de observar con dulzura a Córdoba
la referencia de toda la cultura de este mundo de tres lenguas.
Vigilando el paso del tiempo
entre la Sinagoga, la Catedral y la Mezquita.








