Para Tempore: Mi patio, mi reino.

Las cosas van a peor cada día y no me refiero al gobierno ni a los políticos, esos van siempre a peor. La cosas a veces se me confunden y desde que no hablo, porque esto de articular palabras se me hace difícil, todo ha sido un constante devenir de menos derechos y menos placeres. Desde el fatídico día del accidente cerebro vascular, como le llamaba el neurólogo a mi hemiplejia, los placeres se han vuelto cada vez más humildes y cada dia disfruto de cosas más pequeñas. He pensado que me volví medio poeta desde ese día.
Mi día transcurre con lentitud y ceremonia como si de un rey se tratase. Al igual que un monarca soy atendido en mis necesidades más básicas como la papilla que dan cada 6 horas, mi aseo personal, el cambio del pañal y probablemente la situación más dual del día, el lavado de mis genitales y región perianal como elegantemente le llama el auxiliar, la cual en verano es un alivio y en invierno una tortura. Como un rey tengo horarios muy establecidos de comidas, del pinchazo de la insulina, de las pastillas y en especial de la llegada cada dos días de mi pequeña princesa, la fisioterapeuta. Ella me mima y me dice palabras de ánimo mientras mueve mis paralizados miembros. Ell no se da cuenta, sin embargo que a los 89 uno también siente amor y no por dejar de hablar no se va a sentir a Eros y una que otra cosita cuando con sus manos pequeñas estimulan mis músculos de brazos y piernas.
Todos los días soy colocado a modo de entronización en mi sillón mirando al patio. Cuando venía Maluchita todo estaba muy ordenado y ella regaba las plantas y mantenía todo como cuando vivía Lucía mi mujer. Ahora me han contado que las finanzas no van nada bien así que ya no hay Maluchita y el patio se ve sucio y desordenado. Día tras día el patio va metamorfoséandose y en él se acumulan mis libros que alguno de los muchachos deja a la intemperie. Los trofeos de juventud me los dejaron ahí hace unos días y me dio un poco de pena, sin embargo ya casi nada me da pena desde que dejé de hablar. Además cuando no hablas piensan que no entiendes y sabes lo que realmente piensan de ti.
Hasta hace un año me traían a los nietos, eran unos pilluelos que me hacían reír un poco pero después unos crecieron y no volvieron más, otros supe que sus madres dijeron que no era bueno que vieran a su abuelo decadente y al más chico no me molestó que no lo trajeran más pues se reía de mí cuando se me caía la saliva por la comisura derecha.
Hace meses que esto de caminar pasó de ser un lujo a un hecho olvidado. Ahora mi mayor entretención es negarme a comer y mirar hacia abajo lo cual obliga a la auxiliar a agacharse y me permite ver su escote generoso.
Lo más extraño fue cuando me mejoró el oído. Yo escuchaba el reloj de péndulo lejano y un día comencé a escuchar muy timbrado su tic tac. Las campanadas cada una hora se volvieron más y más potentes. Desgraciadamente me di cuenta hace una semana mientras me traían al patio en mi sillita de ruedas que la casa estaba vacía y sin muebles y por eso retumbaba el tic tac del reloj.
Hoy ya me han aseado y dicen que van a evaluarme de nuevo, yo no sé para que, si siempre dicen lo mismo y cada vez que vienen no me sacan al patio donde puedo mirar el diseño de las baldosas que son hermosísimas. Si pudiera pediría que limpiaran más el patio pues las baldosas no se dejan ver bien muy bien con el polvo. Mientras el doctor y el abogado me preguntan cosas yo no contesto y miro al vacío porque así se van antes. Cuando vienen a veces me acuerdo de la gente que gritaba mi nombre en las calles, del mundo que un día fue tan mío, pero esas son tonteras del pasado. Espero que mañana no dejen de llevarme al patio, lo verdaderamente importante está allí pues esas baldosas deben esconder un secreto que quizás me libere cuando lo descubra.

























