Pepet el Anacoreta

Bellísimas narraciones y opiniones de la vida de Pepet.

Tuesday, October 11, 2005

La carta.


La zona de la Mezquita era un hervidero de gente donde se realizaban transacciones, se arreglaban matrimonios y los hombres poderosos decidían el futuro de Córdoba, esperando las respuestas del monarca y rector espiritual de la familia Omeya.
Desde la separación de Damasco y la trasformación del emirato en un califato independiente, la ciudad era una urbe magnífica donde se enseñaban las artes y las ciencias con la mezcla de conocimientos de judíos, cristianos y la de nosotros los respetuosos del único Dios Alá y su profeta.
Mi señora me envió contraviniendo las órdenes de su padre, el médico del Califa Al-Cashim ibn Al Mamún, a entregar su carta con contenido secreto directamente a su amado Al-Muzáfar, un general que había ganado fama por derrotar repetidamente a los herejes en los campos del norte de Al-Andalus y la zona baja del reino llamado de Pamplona. El señor Al-Muzáfar era un hombre hermoso, alto para venir de Magreb, de piel oscura y ojos iracundos que mostraban su poder. Mi señora lo veía desde los balcones cuando pasaba en su caballo de guerra ataviado con el alfanje brillante y el casco de batalla. Ella lo amaba sólo de ver su estampa gallarda y viril sabiendo de sus gloriosas batallas donde cortaba las cabezas de los herejes inspirado por Alá. No se había casado y ella pensaba que si le daba el primer hijo varón sería la favorita de sus esposas.
Al-Muzáfar era ambicioso y habiendo visitado a mi señora le pidió, como prueba de su amor, que le enviara los escritos secretos de su padre médico, quien conocía de alquimia y frecuentaba amigos sabios en la judería. El señor de la guerra sabía que consiguiendo algunos de estos secretos como la panacea que todo lo cura y los secretos para hacer metales más resistentes podría salir vencedor y transformarse casi en un imortal para al final obtener el poder y ser el nuevo califa.

La carta estaba escrita con la más bella caligrafía como sólo mi señora sabe hacerla. Normalmente lo siervos como yo no tenemos acceso a la escritura o la lectura, pero mi señora cuando yo era un niño me enseñó ambas cosas y entonces antes de entregar la carta pude leerla para descubrir las más bellas expresiones, emanadas de los poetas clásicos de Persia, Damasco y Egipto, de las palabras del profeta y de la tradición que permite a las mujeres hablar de amor. Supe que esa carta era la más sublime expresión de amor que yo había visto y sentí pena de tener que entregarla y no hacerla mía.
En mi viaje desde Al-Zahra hice una copia de la carta y por envidia de la suerte de Al-Muzáfar cambié un par de elementos para fabricar la panacea que todo lo cura.
Luego de hacer las abluciones, caminé escondido por los arcos de la Mezquita hasta encontrar al guerrero que esperaba el mensaje. Los arcos blancos y rojos repetidos hasta el infinito para gloria de Alá me ocultaron al entregar la carta, tal y como me lo había indicado mi dueña.
Al-Muzáfar apenás miró las letras magníficas de mi señora y en cambio detenidamente me miró de arriba a abajo y me dijo que él no quería casarse sino que amaba la guerra y los soldados. Y con un abrazo más que fraternal me ofreció ser su criado y acompañarlo en su tienda de guerra a todas partes pues amaba más a los jóvenes guerreros que a las mujeres. Que él era igual que Alejandro Magno o los extraños griegos de Bizancio.
No dudé en entregar la carta copiada y adulterada por mí. Y tras agradecer su oferta y decirle que yo servía fielmente a mi señora, me retiré con la pena de saber que ella no sería correspondida.
Al llegar donde mi dueña le hable del amor que le profesaba Al-Muzáfar y canté los poemas que supuestamente él le había dedicado. Ella creyó en mí y yo le entregué una carta que hice, durante el camino de regreso, plagada de lo que yo sentía por ella, es decir un inmenso amor.

En medio de una batalla contra un ejército castellano de escasa cuantía y poca capacidad militar un mes más tarde moría Al-Muzáfar de manera extraña. Su cuerpo quedó seco y pálido y los médicos del Califa Omeya dijeron que seguramente habría tomado una falsa panacea con uno o dos ingredientes equivocados.
Mi señora lloró la muerte de su amado por meses y leía mi carta creyendo que él la había querido como yo realmente lo hacía.
Yo no hubiese soportado que ella supiera las inclinaciones de Al-Muzáfar y su falta de constancia amorosa.
Hoy le canto de vez en cuando aquellos poemas que en realidad son míos. No puedo sentir arrepentimiento pues sé que Alá guia mi mano al escribir poesía, sé que nada ocurre por azar y que todo está escrito. Y por último sé con claridad, tan absoluta como la Mezquita de Córdoba, que también guió mi mano al escribir los falsos secretos y especialmente las cartas.

5 Comments:

At 3:57 PM, Blogger soberbianaif said...

me envolviste en ocre con tu relato...a veces es mejor una mentira en la vida.

me siento halagada por ser merecedora de tus palabras.

estoy absolutamente agradecida

un beso soberbio

 
At 5:00 AM, Blogger margretlando9019 said...

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At 3:30 PM, Blogger ETERNO DESPISTE said...

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At 3:39 AM, Anonymous angel said...

No es la Mezquita de Córdaba, es simple y únicamente un blog, el mío, al que he pasado a invitarte. Sólo hay poesía de diferentes autores a los que mensualmente añado 11. Espero te guste...Saludos

 
At 7:23 PM, Blogger Roberto Iza Valdes said...

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